viernes, julio 21, 2023

Alger Furst (2) - El plan de rescate

Esta es la 2ª página del relato interactivo de Bertram Kastner vista desde la perspectiva de Alger Furst, basado en el juego Vampiro La Mascarada. Puedes participar en los comentarios decidiendo sus siguientes pasos. También en el hilo de Twitter y en la publicación correspondiente de Wattpad.





   Como alma que le llevaba el diablo, Alger se dirigió hacia las escaleras para poder volver al piso de abajo. Era la única forma que veía factible para poder escapar de aquella casa, ya que aún sentía las esquirlas incrustadas en su brazo izquierdo y no confiaba mucho en poder trepar por las paredes en esas condiciones. Pero debía darse prisa, antes de que los soldados decidieran entrar y lo dejaran acorralado.


   Con sus piernas temblorosas y aún doloridas, comenzó a bajar los irregulares peldaños, mientras que permanecía atento a la inminente llegada de los hombres armados. La bandolera con su cámara le golpeaba los riñones y casi se precipita escaleras abajo por no llevar demasiado cuidado en ver dónde ponía sus pies.


   Cuando por fin llegó a la planta baja, escuchó como los dos milicianos accedían a la vivienda por la puerta trasera de la cocina. Aún tenía unos segundos para hacer algo antes de que le descubrieran, pero no los suficientes como para poder abandonar la casa por la entrada principal sin ser visto. Tampoco encontró ningún lugar de la sala en el que pudiera esconderse a tiempo.


   Rápidamente, optó por lanzarse al suelo y hacerse el muerto, con la intención de camuflarse como otro de los cuerpos inertes de las personas fallecidas de aquel hogar. Los soldados proferían un escandaloso vocerío durante su paso por la cocina, poco antes de llegar a donde estaba él. Fue justo en el último momento cuando estiró el pañuelo que llevaba al cuello y cubrió toda su cabeza, al reparar en que su pelo rubio podría ser muy llamativo para sus enemigos.


   Ya los tenía allí, junto a él. Comenzaban unos momentos de interminable angustia e incertidumbre, donde estaba a merced de lo que aquellos milicianos decidieran hacer. Estando tapado por el pañuelo, sólo podía confiar en su oído en el caso de que el engaño no funcionara y necesitase huir. Sentía con gran intensidad como el suelo vibraba por las fuertes pisadas de éstos, mientras pasaban junto a él gritando multitud de palabras, de las que a duras penas entendía la mitad.

—Venga, sí. Subid y dejadme tranquilo, por favor rezaba Alger para sí mismo, deseando que se fueran lo antes posible al piso de arriba, al mismo tiempo que cerraba los ojos y apretaba los párpados.


   Por fortuna para él, no se entretuvieron demasiado en inspeccionar aquella sala y enseguida se dirigieron hacia las escaleras. Parecía que las iban a echar abajo, debido al tropel y ruido que producían los guerrilleros al subir los escalones. Unos instantes después, por fin, llegó la tranquilidad a aquella estancia.


   Para asegurarse de que ya no estaban ahí, Alger se aventuró a girarse para ponerse boca arriba, a la vez que retiraba el pañuelo de su cara y miraba hacia la escalinata. De momento, había conseguido que le dejaran vía libre para poder abandonar la vivienda. Sin más dilación, se incorporó, manteniendo todos sus sentidos concentrados en lo que ocurriera en la planta superior y permaneciendo en alerta. Con cuidado de no tropezar ni hacer demasiado ruido, se acercó a la ventana desde donde había observado como torturaban al muchacho. Éste seguía allí, de rodillas y con la cabeza metida en el balde de agua. A su lado, se encontraba el tercer soldado, al que había conseguido dejar fuera de combate con el cascote y que todavía se retorcía de dolor en el suelo.


   Antes de ser del todo consciente de lo que estaba haciendo, Alger se encontraba saltando por una de las ventanas hacia el patio para intentar salvar la vida al joven que se estaba ahogando. Obviando también que los hombres armados podrían verle fácilmente desde arriba, salió corriendo hacia donde permanecía el muchacho y agarró su escuálido cuerpo por debajo de los brazos. Aunque no necesitó ejercer demasiada fuerza para tirar de él y sacar su cabeza del agua, ya que no debía pesar más de cincuenta kilos, notó como los trozos de metralla alojados en su brazo le desgarraban algunas fibras musculares, produciéndole un dolor muy desagradable.


   De repente, el estruendo metálico del balde cayendo al suelo y derramando todo el agua le delató, alertando a los milicianos que andaban equivocadamente tras él en el piso de arriba de la vivienda. Por suerte, ya se encontraba a medio camino hacia la puerta trasera de otra de las casas que también conectaban con ese mismo patio. Además, el ruido pareció espabilar al chico, quien comenzó a mover su piernas para intentar avanzar al mismo ritmo con el que Alger tiraba de él.

Tranquilo, vamos a salir de esta —pronunció Alger en un rudimentario dialecto de la zona, intentando animar al muchacho.


   Justo cuando lograron atravesar el umbral de la otra vivienda, una ráfaga de disparos comenzó a silbar a su paso por la entrada. Alger y el chico ya se encontraban a cubierto dentro, apoyados sobre la misma pared que estaba recibiendo algunos proyectiles por la parte de la contra fachada. Jadeante por el esfuerzo y empapado de sudor, retiró la bolsa que cubría la cabeza del joven.


   Efectivamente, se trataba de un adolescente que no debía tener más de quince años. Habría pegado el estirón hace poco tiempo, pero aún tenía pendiente adquirir la corpulencia propia de una etapa más adulta. Su pelo oscuro, aún mojado, hacía unas ondas que le serpenteaban a lo largo de la frente y le tapaban parcialmente los ojos. La mirada del muchacho denotaba un notable cansancio, pero se mantenía fija y sin pestañear enfocada al rostro de Alger, su salvador.


   El joven se sobresaltó al ver como éste sacaba un cuchillo; pero enseguida comprendió que Alger sólo pretendía cortar las sogas que rodeaban sus muñecas y así liberar sus manos.

—Qué salvajada te han hecho aquí... —comentó Alger mientras comprobaba las quemaduras que poblaban toda la piel del muchacho a la vez que terminaba de romper las cuerdas.




   El estallido de una tinaja alcanzada por una bala le recordó que allí no estarían a salvo por mucho más tiempo. Tras dejar al chico apoyado contra la pared, se dio la vuelta para poder adentrarse en el hogar y revisar la siguiente estancia, mientras se secaba el sudor de la frente con un extremo del pañuelo. Allí también había cadáveres de gente que había muerto por inhalación de gases tóxicos.


   Aquella situación le sobrepasó, provocándole una repentina sensación de mareo y náuseas que desembocaron en el vómito del poco alimento que aún quedaba en su estómago. Notaba su brazo izquierdo entumecido, como si varias agujas lo atravesaran. Además, su cabeza le ardía, provocándole una ligera neblina en su visión. Debía tener algo de fiebre. Necesitó sentarse en la silla más cercana para poder reponerse, pero sabía que debería actuar rápido.


   Desde esa posición podía observar casi todos los rincones de la planta baja. El chico seguía expectante y sin quitarle la vista de encima, aunque había avanzado hacia el dintel que unía la cocina con el salón, al parecer preocupado por la salud de Alger. Éste se percató de que la casa era similar a la vivienda vecina, incluyendo las escaleras que conducían al piso superior. Detrás del muchacho, había una especie de poyete hueco a modo de encimera, con unas cortinas de tela que ocultarían los utensilios que allí pudiera haber. El salón donde se encontraban estaba presidido por una mesa robusta con varios asientos alrededor. Había otras dos habitaciones en aquella planta, que debían ser un dormitorio y un cuarto de aseo.


   Escuchó como los milicianos intercambiaban instrucciones, llegando a comprender que mientras que uno permanecería apostado en la planta superior de la vivienda vecina, el otro irrumpiría en la casa donde se encontraban ambos. Debía moverse lo antes posible si no quería toparse cara a cara con ellos, pero no se encontraba en la mejor situación para poder salir huyendo de allí. Y ni mucho menos, dirigiendo y cargando con el muchacho. Aunque quizás ahora, la carga sería él.





En esta ocasión, Alger deberá tomar dos decisiones. La primera de ellas tiene que ver con el chico. ¿Lo llevará consigo o lo dejará abandonado a su suerte?

A) Incluye al muchacho en su plan de huida y se dirige hacia él
B) Se olvida del chico, ya que considera que ha hecho todo lo que estaba en sus manos para salvarle y que éste podría valerse por sí mismo


Por otro lado, y teniendo en cuenta la primera respuesta, ¿qué plan de supervivencia tiene en mente?

1) Permanecer sentado y rendirse, para intentar dialogar con el miliciano
2) Esconderse en la cocina, tras las cortinillas de debajo de la encimera
3) Subir al piso de arriba
4) Abandonar la vivienda por la puerta principal y adentrarse en las calles a pesar de la tormenta de arena


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viernes, julio 14, 2023

Alger Furst (1) - Tormenta de arena y balas

Esta es la 1ª página del relato interactivo de Bertram Kastner vista desde la perspectiva de Alger Furst, basado en el juego Vampiro La Mascarada. Puedes participar en los comentarios decidiendo sus siguientes pasos. También en el hilo de Twitter y en la publicación correspondiente de Wattpad.


   Expectante, Alger permanecía inmóvil, sentado en la camilla de la ambulancia, con la certeza de estar afrontando los últimos segundos de su vida. Justo antes, el conductor había sido ejecutado a pesar de haber implorado clemencia mientras huía, sin haber alcanzado a comprender a qué se debía ese repentino ataque.


   La mujer que le había estado atendiendo durante el trayecto también fue obligada a salir de la ambulancia, corriendo la misma suerte. Un disparo a bocajarro acabó de forma instantánea con la vida de ésta, una vez que sus pies tocaron el árido camino de arena y polvo en el que se encontraban.


   A continuación, le llegó el turno a Alger quien, con la resignación de no haber encontrado nada con lo que defenderse y contraatacar, degustaba sus recuerdos más preciados antes de despedirse de este mundo. El miliciano que había detenido la ambulancia le apuntaba con su rifle, a la vez que le profería amenazantes gritos para que también abandonara el vehículo.

No quieres que te manchemos el interior con nuestra sangre porque seguramente después te obliguen a limpiarlo. Pues vas a tener que frotar mis sesos, porque de aquí no me voy a bajar si no es con una bala en la cabeza —le inquirió de forma desafiante señalando su propia frente, como si el soldado fuera capaz de entender su idioma.


   Antes de que este perdiera la paciencia, comenzó a escucharse una nueva refriega de disparos por las callejuelas de la aldea derruida que estaban atravesando. El combatiente se giró dando alaridos y respondiendo con disparos de su arma, aún sin localizar a sus enemigos y desperdiciando su munición.


   Saltaba a la legua su falta de experiencia en el arte de la guerra. Al igual que le había ocurrido a la mayoría de sus compañeros, este conflicto le había arrebatado una buena parte de su adolescencia. Los últimos cinco años los había pasado arrojando piedras y sirviendo de escudo humano ante las incursiones del ejército iraní. Recientemente, le habían reclutado de manera oficial en la milicia, proporcionándole un rifle que había pertenecido a diferentes combatientes ya fallecidos, con el objetivo de defender los territorios cercanos a Basora.


   Desgraciadamente, su carrera militar se vio truncada en aquel momento, al recibir un disparo certero en el cuello. Sin embargo, lo que para el inexperto soldado suponía una agónica muerte desangrándose en el suelo, para Alger era la salvación. Más concretamente, la segunda vez que había escapado de la muerte en aquella jornada.


**************

   Unas horas antes, mientras hacía su reporte matinal de guerra mediante conferencia telefónica al periódico en el que trabajaba, varios misiles de tierra iraníes asolaron la aldea de Al Seeba. Multitud de edificios y hogares se vinieron abajo, sepultando a prácticamente toda su población.


   Maltrecho, con su brazo izquierdo salpicado por la metralla y el resto del cuerpo golpeado por los escombros, consiguió salir a la superficie sin dejar atrás su preciada bandolera donde la cámara fotográfica que le acompañaba permanecía intacta.


   Deambuló durante varios minutos entre las ruinas, gritando para alentar a otros supervivientes a que hicieran lo mismo para poder localizarlos. A su vez, iba registrando aquella barbarie sobre la población civil con su incansable objetivo. En seguida escuchó las primeras voces de otra gente que pedía ayuda o que conseguían quitarse de encima los escombros.


   Comenzó a retirar cascotes y pronto se le unieron otros tantos a ayudarle en las labores de rescate. Consiguieron encontrar con vida a un centenar de personas, mientras que también certificaron la muerte de una docena de otros que no habían tenido tanta suerte. Entre los llantos de dolor de la gente por la pérdida de sus seres queridos, irrumpió el ruido de motor y sirenas de las ambulancias y otros vehículos de los lugareños, que se encargaron de trasladar a los heridos a los hospitales de campaña más cercanos.


   Alger prefirió aguardar hasta asegurarse de que los que estaban más graves que él, e incluso los más leves, fueran trasladados. La gente del lugar agradecía a aquel variopinto extranjero de pelo rubio por cómo se había implicado con ellos, formando parte de las labores coordinación y rescate de su pueblo. Le habían conseguido extraer varias esquirlas, pero su caso requería de una atención en mejores condiciones para poder sacar los trozos de metralla que habían entrado de lleno en su brazo.


   Sin embargo, no llegó al destino que esperaba para ser atendido.

**************




   La vida del miliciano ya se había extinguido mientras esperaba pacientemente a que los disparos que se escuchaban por la zona se apaciguasen, en contraposición a la tormenta de arena que arreciaba el lugar. Sentado en la camilla, podía observar cómo éste no había soltado el rifle, manteniéndolo agarrado con ambas manos y llevándolo asegurado alrededor de su cuerpo con una banda que parecía pertenecer al cinturón de seguridad de un coche.

Elegiste el mal camino, muchacho. Disfruta de tu preciado rifle hasta que otro que esté dispuesto a seguir matando en esta guerra te lo arrebate le sentenció Alger, intentando que quien estuvo a punto de ser su verdugo aprendiera la moraleja después de muerto.


   Fue entonces cuando se atrevió a asomarse por la puerta de la ambulancia, pudiendo divisar los otros dos cadáveres, a los que les dedicó una especie de rezo en voz baja.


   Contó hasta tres antes de saltar fuera de la ambulancia. Antes de echar a correr hacia el bloque de edificios más cercano, despojó al guerrillero del pañuelo con el que se protegía de las inclemencias meteorológicas.

Esto me hace más falta a mí que a ti. Lo siento, me lo llevo.


   Los remolinos de viento de la tormenta de arena que asolaba la región complicaban su avance, ya que las partículas en suspensión abrasaban sus ojos.

Al menos, ellos también lo tendrán difícil para verme pensó Alger refiriéndose al resto de guerrilleros que pudiera haber, mientras avanzaba hacia un edificio con las puertas reventadas.


   Una vez en el interior, destapó su boca y aprovechó para tomar una profunda bocanada de aire. A pesar de las altas temperaturas, se quedó helado al ver una multitud de cadáveres tendidos en el suelo. No presentaban evidencias de haber muerto por las balas, sino de haberlo hecho por respirar un gas venenoso.


   Al presidente de aquel país no le temblaba el pulso a la hora de utilizar a la población civil para acabar con el ejército enemigo, independientemente de que con ello se llevara por delante a un buen número de inocentes compatriotas.

Esto tiene que saberse. Su pueblo debe hacérselo pagar algún día masculló Alger conforme tomaba varias instantáneas del lugar.


   De repente, escuchó voces en lo que parecía un patio trasero. Echó el cuerpo a tierra para evitar ser visto a través de las ventanas, cuyas jarapas se encontraban en el suelo. Pudo ver a tres soldados y lo que parecía ser un prisionero. Se trataba de un muchacho un poco más joven que el asaltante de la ambulancia. Se encontraba en paños menores y maniatado, con la piel en carne viva. Le habían colocado una especie de saco en la cabeza, lo que seguramente significaría que lo iban a ejecutar.


   Uno de ellos no paraba de gritarle y golpearle con la culata de su arma ante la atenta mirada de otro de sus compañeros; mientras que el tercero se dedicaba a llenar una especie de balde con el agua del aljibe. Alger hizo varios disparos con su cámara mientras pensaba cómo podría nivelar la injusticia que estaba presenciando. Reparó en el rifle del miliciano caído junto a la ambulancia, pero no le gustaba la idea de poder causar la muerte a otro ser humano con ese arma, por mucho que la mereciera.


   Antes de salir a por el arma, vio al lado de la puerta una especie de cepillo con el que podría atacarles sin peligro de matarlos. Al ver las escaleras que conducían al piso superior, se le ocurrió improvisar una suerte de hatillo con una de las jarapas, en las que colocó varios enseres como platos y jarras, con la idea de arrojárselos desde arriba. También se hizo con un cuchillo que había sobre la mesa que sólo utilizaría como último recurso. Antes de subir los peldaños de adobe, se volvió a colocar el pañuelo sobre su boca para poder afrontar la persistente tormenta de arena.


   Desde la habitación de arriba, podía ver a la perfección cómo dos de los soldados increpaban al muchacho y sumergían su cabeza cubierta en el barreño de agua. Si no actuaba pronto, lo iban a ahogar.


   Con toda la rabia que le producía aquella situación, no dudó en agarrar uno de los cascotes diseminados por la estancia, cuya pared estaba semiderruida. Por suerte, los soldados no podían verle en ese momento y pudo arrojarlo sobre la espalda de uno de ellos, alcanzando de lleno su objetivo. No se quedó asomado para comprobar la reacción de los otros dos, tirándose al suelo para desaparecer de su campo de visión.

Alger, sólo a ti se te ocurre meterte en este lío —se dijo a sí mismo, percatándose de que no había planeado qué hacer con los otros dos soldados—. Eres un simple fotógrafo y no un super héroe.


   No tardó en escuchar los gritos de éstos, entendiendo la parte en la que hacían referencia a su posición en la vivienda.




Aunque parece que ha dejado fuera de combate a uno de los hombres, todavía ha de enfrentarse a los otros dos. ¿Qué decidirá hacer Alger para salir de esta situación lo más airoso posible?

A) Lanzarles el contenido de la jarapa sin llegar a asomarse
B) Esperar a que suban a donde está para atacarles con la vara del cepillo
C) Bajar las escaleras para intentar escapar de ahí antes de que entren
D) Descolgarse por una ventana de la fachada del edificio

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sábado, julio 01, 2023

Bertram Kastner (23) - Hermano mayor

Tras haber sido herido de muerte por un disparo certero de Niels Rainath, Jünaj consigue rescatar a Bertram y escapar bajo tierra. Ante la situación crítica del protagonista, Jünaj decide detenerse y servirle parte de su sangre para que pueda curarse y sobrevivir.

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   Las emociones de Bertram se descontrolaron súbitamente, sintiendo en su cabeza un baile discordante y agitado que transitaba entre la euforia, el miedo, la ira, la incomprensión, el placer, la confusión y la tristeza.

—¿Qué me está ocurriendo? —se preguntó Bertram intentando ponerle freno a lo que estaba experimentando—. ¿Qué mierda lleva esta sangre?

—Tranquilízate, se te pasará pronto —le indicó Jünaj tocando sutilmente su hombro con las yemas de sus dedos.


   En medio de aquél frenesí, Bertram sintió la necesidad de increparle por haberle abandonado a merced de Niels, provocando que hubiera estado al borde de la muerte. Pero justo cuando iba a soltar por su boca la serie de improperios que tenía preparada, se quedó paralizado al contemplar el rostro de Jünaj más de cerca.


   A pesar de estar envueltos en la oscuridad, la luz de la luna perfilaba sus rasgos y podía apreciarlos mucho mejor que cuando había conversado antes junto a la luz del quinqué. Pudo cerciorarse de que sus cabellos largos guardaban cierta armonía en su forma y que su vello facial lucía impecable, como recién salido de una barbería. Pero lo que más atrajo su atención fueron sus ojos color añil, con los que le transmitía una sensación de calma y serenidad.

—¡Ahora lo entiendo! Realmente no tenían intención de abandonarme definitivamente, sino que pretendía rescatarme de la forma más segura para ambos —divagó Bertram rememorando el momento en el que decidió retirarse—. Por eso me tuvo que decir lo de volver a vernos pronto y que me cuidara hasta entonces. Necesitaba llegar hasta mí sin levantar las sospechas de Niels ni de sus hombres con los rifles. ¿Y cómo habrá hecho para excavar un túnel tan rápido? No tiene las manos estropeadas por remover la tierra.

—¿Te encuentras mejor, Bertram? —se interesó Jünaj sin dejar de observarle.

—Y en la visión que he tenido mientras bebía su sangre, he podido ponerme en su piel y revivir una especie de juicio o condena. Si es cierto que está encerrado en este lugar y no puede abandonarlo, realmente está en desventaja frente a cualquier otro vampiro con malas intenciones. Y aún más siendo Niels su enemigo. Hace bien en guardarse de extraños... como yo... —admitió Bertram en su mente—. Pero aún así, ha decidido ayudarme dándome su sangre para poder recuperarme. Dios, ¡es lo mejor he bebido hasta ahora!


   Al ver que no reaccionaba a sus palabras, Jünaj se dispuso a levantarse. Para poder retirar sus rodillas, sujetó la cabeza recostada de Bertram y la acomodó con sumo cuidado sobre el lecho de hojas del suelo. Se puso en pie y comenzó a sondear los alrededores en busca de cualquier movimiento o ruido que pudiera suponerles una amenaza.

—Según lo que parece, Lothar von Schwaben es quien convirtió en vampiros a Niels y a Jünaj, por lo que podría decirse que son hermanos de sangre. Un momento, ¿y yo...? —continuó razonando Bertram, percatándose de las últimas palabras que le dedicó Niels Rainath después de dispararle.


   Ese pensamiento provocó que Bertram por fin volviera en sí. Desde su posición podía vislumbrar cómo su rescatador permanecía atento y vigilaba el entorno en el que se encontraban. Visto así, le parecía mucho más alto de lo que creía, además de que imponía mucho respeto. Pero al contrario de lo que le ocurría con Niels, éste no le intimidaba, sino que le atraía el halo de misterio y serenidad que transmitía.

—Gracias por salvarme la vida, Jünaj —le contestó por fin Bertram—. Aunque, por no contarle a Niels dónde está Lothar, los míos van a pagarlo con la muerte.

—Lo siento si tu familia está en peligro —le indicó Jünaj agachándose para hablar con él—. No te culpes por ello. Niels no es de los que cumplen su palabra, y menos habiendo gente inocente de por medio. Aunque hubieses colaborado con él, tu final y el de los tuyos sería el mismo.

—¡Pero no puedo permitir que les haga daño! Aunque no sé ni dónde están ni cómo puedo... —se lamentó Bertram.

—No quiero darte falsas esperanzas, pero en el pueblo hay quienes podrían ayudarte. Acompáñame y veremos qué podemos hacer —le declaró Jünaj ofreciéndole su mano para que pudiera incorporarse—. Además, aquí estamos en peligro. Aunque Niels ya no puede llegar hasta este lugar, sus hombres armados sí que podrían darnos algún susto.


   Sin pensarlo ni un instante, Bertram alargó su brazo para agarrar la mano tendida de Jünaj. Pero cuando sus dedos rozaron la palma de éste, Jünaj se deslizó hacia él y asió con fuerza su antebrazo, levantándolo al pegar un tirón hacia él. Inmediatamente, emprendió una marcha a gran velocidad a lo largo de un buen trecho del bosque, esquivando árboles y sorteando desniveles con ágiles y medidos saltos. Y todo ello, teniendo agarrado a Bertram, cuyas piernas no llegaban a tocar el suelo ni tampoco chocaban contra ningún obstáculo. A pesar de la brusquedad del medio de transporte, confiaba en llegar de una pieza.


   Enseguida, aparecieron en un núcleo de población con una veintena de casas, entre las que se erigía una fortaleza de piedra. Jünaj aminoró la velocidad hasta detenerse frente a la puerta de la edificación más imponente del lugar. Como acto reflejo, se giró hacia Bertram y lo sujetó con ambas manos para evitar que cayera al suelo por efecto de la inercia, mientras que éste se reponía del viaje.

—Ya hemos llegado. Eres bienvenido a mi hogar —le anunció Jünaj confirmando que su acompañante se encontraba en buenas condiciones—. Siéntete como en casa.


   Cuando Bertram terminó de tambalearse, Jünaj dejó de sostenerle. A continuación, se dirigió hacia la puerta y la abrió con un sutil empujón de sus manos. Tras hacerle un gesto amable a modo de invitación, Bertram accedió al interior. Se detuvo a contemplar la estancia que hacía las veces de recibidor, donde los ventanales parecían estar tapados por gruesos tapices que hacían juego con la alargada alfombra que cubría el suelo de piedra. La decoración era austera, aunque destacaba una majestuosa escalinata que permitía ir a las plantas inmediatamente superior e inferior. A un lado y a otro había varias puertas que llevarían a otras habitaciones y salas. De una de ellas, salió una chica que les había escuchado llegar.

—Buenas noches, Jünaj. Veo que finalmente has accedido a traer al forastero —comentó ella alegremente, refiriéndose a Bertram—. Bienvenido, mi nombre es Itzel.

—Gracias. Encantado. Yo soy Bertram —le respondió, devolviéndole el saludo, a la vez que intentaba discernir si se trataba de otra vampiro.

—¿Cómo se encuentra Erika? —le preguntó Jünaj, interesándose por el estado de su otra invitada.

—Aún no ha despertado, pero su cuerpo sigue regenerando las heridas gracias a la sangre de mi hermano —le informó Itzel—. Por cierto, me ha dicho que iba de nuevo al lugar del accidente por si necesitabas su ayuda.

—No me he encontrado con Balam, pero no debería tardar mucho en volver. En unas horas empieza su turno de trabajo en la ciudad —le comentó Jünaj—. Por cierto, voy a necesitar alimentarme. ¿Podrías avisar a tu padre para que se encargue mañana del ritual?

—Por supuesto. Se alegrará mucho cuando se lo cuente —asintió Itzel sonriendo al escuchar la petición de Jünaj—. Y seguro que será un espectáculo digno de ver.

—Gracias, Itzel. Nos retiramos un rato a mis aposentos —le indicó Jünaj señalando hacia las escaleras.


   Se despidieron de ella y el anfitrión le pidió a Bertram que lo acompañara hacia la planta de abajo. Todo estaba iluminado mediante la combinación de viejas lámparas de electricidad y las llamas de algunas antorchas encastadas en los soportes de las paredes. Al llegar a la primera puerta, Jünaj sacó de un bolsillo la llave que la abriría. Éste volvió a invitarle a pasar, apartándose del umbral e indicándoselo con un gesto de su brazo. Al fondo se escuchaba una voz femenina que empezaron a entender conforme se adentraron en la estancia.

—(...) donde los servicios de emergencias y la policía han certificado la muerte de dos hombres y una mujer, en el ya denominado como «el crimen de la ambulancia». Por el momento, solo se ha podido identificar al conductor de la ambulancia, del que únicamente ha trascendido que fue decapitado. Todavía quedan muchos interrogantes por esclarecer en las inmediaciones de la estación...

—Esta radio es mi único enlace directo con el mundo exterior —le confesó Jünaj conforme la apagaba—. De momento, la dejaremos descansar un rato.


   Habían atravesado el hogar, hasta llegar a una especie de despacho, donde además del aparato de radio, se encontraba un gran piano y varias estanterías cargadas de libros. La mayoría tenían las tapas desgastadas y parecía que había pasado más de un siglo desde que salieron de su imprenta. En contraste con el Elíseo de Stuttgart, el lugar carecía de lujos y exquisiteces, pero aún así parecía un lugar bastante acogedor y cómodo, siendo realmente parte de una prisión.

—Aguarda aquí. Te traeré algo de ropa oscura para disimular la sangre de tus heridas abiertas, antes de ir a hablar con los lugareños —le anunció Jünaj señalando a la carnicería que tenía en el pecho y que los jirones de su camisa ensangrentada apenas conseguían tapar.

—No consigo curar el último disparo de Niels, aunque siento que todavía tengo suficiente sangre en mi cuerpo —le contestó Bertram, observando el boquete que aún tenía en el tórax a la vez que desabrochaba los botones que aún quedaban sanos en la prenda.

—Has llegado al límite de tu curación por hoy. Necesitas dormir para que tu cuerpo pueda seguir regenerándose. Estarás como nuevo en un par de días —le aclaró Jünaj, volviendo con una caja metálica llena de vendajes y una pieza de ropa negra—. Ahora, siéntate en ese taburete.


   De forma automática, tomó asiento, además de acceder al resto de peticiones que Jünaj le formuló a continuación. Una vez que Bertram se había despojado de la camisa, levantó los brazos tal y como le había indicado su anfitrión. Éste comenzó a extender los vendajes alrededor de su tronco, cubriendo sus heridas, que no tardaron de empaparse con algo de sangre.


   Esa estampa le recordaba a las veces en que su hijo llegaba a casa con alguna herida que se había hecho jugando o al pasear en su bicicleta con ruedines. Él, como cualquier otro padre, se encargaba de consolar al niño y hacerle las curas botiquín en mano, cuando no estaba su mujer. Por supuesto no lo hacía tan bien como ella, al ser enfermera, pero su hijo quedaba igual de satisfecho y contento al final. Se preguntó dónde estarían ahora y qué podría hacer para rescatarles, si es que aún seguían con vida.

—Hay algo que me gustaría preguntarte, Bertram Kastner —le sorprendió Jünaj, interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Qué has visto cuando has bebido mi sangre?




En ese momento, ¿qué decide hacer Bertram?

A) Le cuenta todo sobre la visión, ya que es algo que pertenece al pasado de Jünaj.
B) Prefiere contarle otra visión de las que ha tenido previamente y ocultarle lo que vio. Indicar cuál.
C) Le miente, contestando que no ha tenido ninguna visión mientras bebía su sangre.
D) Le pregunta que cómo sabe que tuvo una visión en ese momento.
E) Le reclama que en ningún momento le indicó su apellido y le cuestiona que cómo puede saberlo.

Elige hasta dos opciones y deja una respuesta con ellas. La combinación de las dos más votadas dará forma a la continuación de la historia. En cualquier caso, puedes incluir más detalles en todas ellas.

Como ayuda, los posibles recuerdos de la opción B son:
B1) Secuaz de Niels - Casa ardiendo
B2) Niels Rainath - Encuentro con Volker Banach
B3) Alger Furst - Conversación telefónica con Gretchen
B4) Víctima desconocida en Vennysbourg



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sábado, junio 24, 2023

Bertram Kastner (22) - Última voluntad

Sin haber logrado convencer a Jünaj para permitir su acceso a Kreuzungblut, Niels Rainath irrumpe en el lugar donde se encuentra Bertram. Tras amenazarles con disparar su armas, Jünaj abandona a Bertram a su suerte.

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   Haciéndose de rogar ante Niels Rainath, Bertram se tomó unos segundos para ponerse en una postura más favorable a la hora de intentar alcanzar la pistola olvidada. Una vez que creyó que el momento adecuado había llegado, se impulsó hacia adelante y pegó un salto muy medido, aterrizando con los brazos estirados y pudiendo agarrar el arma sin ningún contratiempo. Los dedos de sus manos se amoldaron rápidamente a ella, apuntando hacia su enemigo y presionando el gatillo sin más dilación.


   Pero algo faltaba en toda esta sucesión de acciones: la detonación del disparo. Volvió a apretar el gatillo, obteniendo el mismo chasquido tímido. Y conforme más veces lo intentaba, la desesperación y angustia se apoderaban de él. Fue la gran carcajada en la que estalló Niels al ver sus inútiles intentos por accionar el arma la que detuvo el empeño de Bertram por cumplir su plan.

—Eres muy ingenuo si creías que te iba a permitir que me disparases tan fácilmente —se burló Niels, apuntándole con su revólver y señalando con la linterna al hombre que estaba tendido en el suelo—. Mientras venía hacia aquí, escuché cómo Ernest efectuaba trece disparos en total. Estaba totalmente convencido de que la pistola estaba vacía, ya que su cargador sólo tiene espacio para doce balas. He de reconocer que no he intervenido antes para poder deleitarme con la cara de derrota que pondrías.

—Joder. ¿Cómo iba a imaginarme esto? —se dijo a sí mismo Bertram, mirando con incredulidad el arma que había arruinado su único plan de supervivencia—. ¿Y ahora qué hago?

—Así pues, ¿unas últimas palabras antes de abandonar este mundo, Bertram? —le inquirió Niels, manteniéndole en el punto de mira de su revólver.

—Sí, ¡vete al infierno! —le gritó Bertram, a la vez que le arrojaba la pistola inservible con todas sus fuerzas y rabia.


   Con un movimiento instantáneo de su brazo, Niels rechazó el objeto con la linterna que portaba, acabando ésta destrozada. Y antes de que el arma cayera al suelo y quedada perdida entre la maleza del bosque, apretó el gatillo de su lujosa pistola.


   De nuevo, Bertram pudo percibir todo su entorno a cámara lenta, viendo cómo la bala se acercaba de lleno a su pecho. Pero, a diferencia de lo que había ocurrido en el taxi, su cuerpo ya no respondía a sus órdenes de esquivarla. Paralizado, notó cómo el proyectil tocaba su piel, quemándola por el calor adquirido. Enseguida, comenzó a escarbar en su carne para introducirse de lleno en su tórax, expulsando sangre a presión a través del orificio de entrada. Finalmente, sin encontrar ninguna resistencia ósea, la bala perforó su espalda y escapó de su cuerpo, dejando tras de sí una herida de gran consideración y una lluvia de salpicaduras rojas.


   Cualquier humano estaría sentenciado a muerte tras recibir un impacto de tal calibre y precisión. Y, aunque su naturaleza vampírica le permitía sobrellevar las heridas de bala, en esta ocasión, su cuerpo parecía haber llegado al límite. Sin ofrecer ninguna resistencia, se dobló hacia atrás debido al empuje del proyectil, quedando apoyado sobre sus rodillas y con la espalda a escasos centímetros de tocar el suelo. Sus brazos quedaron colgando inertes, como si de una marioneta se tratara, con los dedos de las manos mezclándose entre las briznas de las plantas y la tierra. Y su cuello arqueado dejaba a su cabeza mirando hacia el cielo, vomitando un cúmulo de sangre por la boca.

—Aquí se acaba tu ridícula epopeya, Bertram Kastner —declaró Niels Rainath guardando el arma del crimen en un bolsillo de su chaqueta—. Ya no nos darás ningún quebradero de cabeza más. Pero antes de convertirte en polvo, me revelarás con tu sangre todo lo que quiero saber.


   Intentando recomponerse, Bertram sólo fue capaz de tambalear su cabeza, pudiendo ver con su mirada borrosa cómo Niels se aproximaba a él.

—No... no te acerques a mí —pronunció Bertram consumiendo sus últimas fuerzas para hablar.


   La sonrisa maquiavélica de Niels se desdibujó de inmediato de su rostro, a la vez que detenía su avance.

—¿Cómo demonios eres capaz de hacerme esto? —le preguntó Niels sorprendido e indignado, haciendo un gran esfuerzo por dar el siguiente paso—. Por mucho que también seas descendiente directo de Lothar, mi antigüedad es superior, además de que tu estado es lamentable. ¡No deberías poder doblegarme así!


   Inmediatamente, Niels Rainath cayó impulsado hacia atrás, como si hubiera recibido un gran golpe de un oponente invisible.

—No, ¡Jünaj! —exclamó conforme se incorporaba y miraba agitado a un lado y a otro—. ¡Muéstrate, salvaje cobarde!


   Bertram ya no era capaz ni de esbozar una sonrisa al escuchar que Jünaj había vuelto para enfrentarse a Niels. De repente, notó cómo unos brazos le envolvían desde su espalda y unían sus manos sobre el boquete de la herida que tenía en el pecho. A continuación, tiraron de su cuerpo hacia el suelo, comenzando a hundirlo lentamente en la tierra. Poco a poco, percibía cómo su carne se convertía en un conglomerado que se fundía con el suelo del bosque.


   Ya no podía ver nada, pero sí escuchar el sonido de numerosos disparos cuyos impactos hacían vibrar la tierra que tenía encima. Su cuerpo, o una esencia de él, seguía siendo arrastrado hacia las profundidades del suelo, guiado por Jünaj. Como si se tratase de un rescate marítimo, éste comenzó a desplazarse en horizontal, alejándose del lugar en el que se encontraba Niels Rainath.


   Posiblemente habían transcurrido más de dos horas desde que se habían adentrado en subsuelo forestal, pero la distorsionada percepción del espacio y tiempo de Bertram no era capaz de confirmarlo. Su nivel de consciencia era intermitente, pero llegó a un punto en el que sentía cómo su propia existencia se iba desmoronando y desvaneciendo lentamente. De inmediato, ambos vampiros emergieron violentamente a la superficie, expulsando varios puñados de tierra alrededor de ellos. Jünaj comprobó con cierta preocupación el estado del maltrecho cuerpo de Bertram y acomodó la cabeza de éste sobre su regazo.

—Me alegro de volver a verte, Bertram —le reconoció en voz muy baja y manteniendo el contacto visual—. Ahora, bebe algo de mi sangre, o de lo contrario no tardarás en morir definitivamente.


   El cuerpo de Bertram comenzó a convulsionar a la vez que sus extremidades se volvían raquíticas y rígidas. Rápidamente, Jünaj clavó sus colmillos en su propia muñeca, abriendo dos hilos de sangre densa que dispuso para que cayeran dentro de las fauces de Bertram. Éste, tardó unos segundos en reaccionar, tragando de golpe todo lo que se había acumulado en su boca y moviendo su mandíbula de forma similar a un pez, como si de esa manera fuera a conseguir más sangre.

—Cálmate, te vas a recuperar. He logrado pillarte a tiempo —murmuró Jünaj moviendo su brazo para seguir dirigiendo los chorros de sangre y que ésta no se derramara fuera debido a la agitación de éste.


   Bertram sentía cómo el líquido vital recorría su cuerpo, reviviendo las venas y arterias que habían colapsado hacía unos instantes. La carne abierta alrededor de sus heridas parecía cobrar vida propia y tímidamente empezaba a regenerarse al ritmo de pequeños espasmos y temblores.


   Pero su cuerpo no fue lo único que sufrió una explosión de vitalidad, ya que su mente se llenó de ese color azul cielo que tanto anhelaba y que brillaba de forma vibrante ante él. Enseguida, dio paso a una visión que discurría en una especie de patio de lo que parecía una fortaleza medieval. Sujeto con grilletes en sus tobillos, muñecas y cuello, Bertram se encontraba de rodillas anclado a un obelisco de piedra en el centro del enclave. Iba ataviado con unos harapos blancos y empolvorizados, como si se tratara de un prisionero o un esclavo.



   Desde allí, alzó la vista y pudo contemplar un cielo nocturno prácticamente despejado, en el que se apreciaban algunas constelaciones de estrellas. Sin embargo, pronto se percató de no ser él quien estuviera moviendo su cuerpo. Tal y como le había ocurrido en otras ocasiones que bebía sangre, parecía estar rememorando las vivencias de alguien en primera persona.


   De repente, uno de los portones que daban acceso al patio abrió sus hojas violentamente, estremeciendo los muros y las losas del suelo de piedra. Alguien irrumpió desde allí, alzando la voz y notablemente irritado.

—No creas que tu intento de asesinarme te va a salir gratis, maldito salvaje —le sentenció de forma airada Niels Rainath, acercándose a él con paso decidido y firme.


   Antes de lo que esperaba, Niels ya estaba ante él, deteniéndose y propinándole un violento puñetazo en la cara. Sin ninguna resistencia ni oposición, encajó el golpe, saliendo despedido hacia un lado y siendo frenado por las cadenas chirriantes de los grilletes que agarraban su cuerpo.

—¡Niels, la decisión ya está tomada! —retumbó una voz desde el arco de la puerta—. No castigues a tu hermano por tu cuenta.

—¡No le llames así, padre! —le replicó Niels, poniendo un pie sobre el costado del preso y oprimiéndole con insistentes pisotones—. ¡No era nadie cuando decidiste convertirlo! ¡Por ello, no es digno de nuestro linaje!

—Detente, Niels —añadió el mismo hombre de forma tajante—. ¿Acaso estás cuestionando mi criterio de decidir quién es digno y quién no?


   Niels resopló varias veces, al no estar conforme con la orden. Pero tampoco quería discutir con su progenitor vampírico, por lo que, finalmente, optó por retirarse, dando un paso hacia atrás. Desde esa posición, Bertram abrió de nuevo los ojos y pudo reconocer a Lothar von Schwaben bajo el arco del gran portón. A la misma vez que él, una procesión de distintas figuras con atuendos nobiliarios abandonaban la sala contigua y accedían al patio en el que se encontraba encadenado.

—¡La culpa la tiene ese maldito crío! —continuó Niels, señalando a un niño que caminaba junto a Lothar—. Cientos de años siendo un pelele inútil, sin ser capaz de articular palabra alguna ni de reaccionar ante nada... ¡y precisamente hoy se manifiesta a favor de perdonarle la vida a Jünaj!

—¡Niels! No consiento que te dirijas así a Heiko. Por su antigüedad y posición, tiene el mismo derecho que tú a participar y votar en el Cónclave —le reprochó Lothar visiblemente molesto, ante la atenta mirada del resto de camaradas.


   Mientras se incorporaba y se quedaba sentado en el suelo, Bertram dirigió su vista al muchacho, acompañándola de una sonrisa cargada con cierta complicidad. Aún sabiendo que Heiko no iba a salir de su trance y que mantendría su mirada perdida en el infinito, Bertram tenía la esperanza de que, de alguna manera, su gesto no quedaría en vano.

—Agradécele al pequeño von Kleist el no poder poner fin a tu mísera existencia bajo los rayos del Sol —le espetó Niels conforme se disponía a abandonar el patio, junto a un puñado de nobles que siguieron sus pasos—. Que disfrutes del resto de tu vida encerrado entre estas piedras y escombros, salvaje.


   Lothar esperó a que Niels cruzara uno de los arcos de salida para continuar su avance hacia el centro del patio. Mientras tanto, Bertram se puso lentamente en pie, agachando la cabeza a modo de respeto cuando éste llegó junto a él. Lothar se mantuvo en silencio durante unos segundos, aprovechando para reflexionar mientras contemplaba al prisionero. Dejó escapar un pequeño suspiro para descargar algo de tensión e hizo uso de la palabra.

—Jünaj, como ya habrás averiguado, el Cónclave ha tomado una decisión sobre tu devenir a colación de tu intento fallido de fratricidio —le expuso Lothar de una forma pausada y solemne—. Finalmente, no serás ejecutado bajo los rayos del Sol en esta mazmorra sin techo. Sin embargo, serás despojado de tu corazón, que permanecerá recluido en este enclave de Kreuzungblut. Eso te convertirá en el prisionero de este lugar, del cual no podrás alejarte de ahora en adelante.


   Los murmullos de los espectadores que les acompañaban en el patio empezaron a hacerse notables. Ante eso, Lothar alzó su brazo y volvió a reinar el silencio.

—Viendo la posición de vulnerabilidad en la que te encontrarás, solicitaré a los magos de sangre el limitar el libre trasiego de vástagos y cualquier poder vampírico a este lugar —prosiguió Lothar, volviendo a solicitar el cese de las conversaciones entre los asistentes—. Serás tú, Jünaj, el que tenga la potestad de permitir o denegar la entrada a cualquier vampiro que solicite acceso.

—Ya es suficiente —pronunció Jünaj, provocando que todos en el patio, excepto Heiko von Kleist, alzaran la vista hacia la bóveda celeste, de donde provenía su voz.


   Bertram contempló cómo el rostro de Jünaj le tapaba una buena parte de la panorámica del cielo, mientras que salía de su ensimismamiento. Terminó de degustar las últimas gotas de sangre que éste había vertido en su boca, a la vez de que cerraba la herida de su ensangrentada muñeca. Sin llegar a revisar en qué situación se encontraban sus heridas, sentía cómo un torrente sanguíneo encabritado recorría todo su cuerpo.




Una vez que Bertram se encuentra más recuperado, ¿qué será lo primero que haga?
A) Intentar beber más sangre, mordiendo a Jünaj
B) Increpar a Jünaj por haber dado lugar a que Niels casi le matara
C) Contarle que como no ha accedido a la petición de Niels, su familia está en peligro
D) Contarle la visión que acaba de vivir

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sábado, junio 17, 2023

Bertram Kastner (21) - Viejos enemigos

Tras saber que Erika se encuentra a salvo gracias a Jünaj, Bertram intenta convencerle para que le permita acceder al pueblo de Kreuzungblut. Pero todos sus esfuerzos parecen ser en vano, dando lugar a que uno de los hombres de Niels se acerque a donde están ellos.


Esta es la 21ª página del relato interactivo de Bertram Kastner, basado en el juego Vampiro La Mascarada. Puedes participar en los comentarios decidiendo sus siguientes pasos. También en el hilo de Twitter y en la publicación correspondiente de Wattpad.




   Bertram volvió a dirigir su mirada hacia Jünaj, mostrándole un rostro desencajado por la desesperación y el miedo, a la vez que buscaba que éste se apiadara de él.

—¡Por favor, déjame pasar! —continuó reclamándole Bertram tras haber logrado avanzar un par de pasos hacia él con gran esfuerzo—. Un tal Niels Rainath me está buscando para que le revele una información muy importante que necesita saber. Hasta hace un momento no recordaba nada de aquello, pero mientras estaba inconsciente, él se ha metido en mis sueños y ha hecho que lo rememorara para poder contárselo.

—¿Niels Rainath? —le preguntó Jünaj con cierta indiferencia e inclinando levemente la cabeza hacia un lado.

—Antes de eso, irrumpió en el Elíseo, donde Trebet y Garet lo retuvieron mientras que Erika y yo escapábamos —añadió con cierto nerviosismo, mirando a su retaguardia frecuentemente—. ¡Nos alcanzó en el garaje, pero conseguimos huir! Uno de sus matones nos persiguió por las calles de Stuttgart, aunque lo despistamos y conseguimos salir de la ciudad.


   Viendo que algo le impedía caminar más cerca de Jünaj, detuvo su avance y aprovechó para adornar toda su explicación con multitud de aspavientos. Pero el semblante de Jünaj no se inmutó ante todos esos gestos.

—¿Por eso vinisteis aquí? —le preguntó Jünaj a la vez que volvía a enderezar su cabeza.

—¡Sí, eso es! Erika fue la que sugirió venir a pedirte ayuda, ya que Roderick le había hablado de ti en alguna ocasión —prosiguió Bertram con cierta euforia al percibir que podía ir por el buen camino de convencerlo—. Pero cuando estábamos llegando, nos dieron alcance con un par de vehículos. A parte de acribillarnos a balazos, nos empujaron fuera de la carretera y caímos por esta pendiente hasta acabar en este punto del bosque.

—Y ese era el coche en el que ibais —continuó Jünaj levantando lentamente la mano y señalando hacia el taxi accidentado, sin dejar de mirar a Bertram.

—¡Exacto! —exclamó éste—. ¿Me crees ahora?


   Sin embargo, Jünaj no tuvo opción de responder, debido a que uno de los secuaces de Niels interrumpió la conversación. Portaba una linterna, con la que alumbraba a Bertram.

—No se mueva, señor Kastner —le ordenó mientras que le apuntaba con la pistola que llevaba en la otra mano—. Y ni se le ocurra hacer ninguna tontería.

—Vete de aquí —le ordenó Bertram haciendo un amago de girarse hacia él.


   Pero el inesperado ruido de un disparo le pilló desprevenido. Del sobresalto, se desequilibró y terminó cayendo torpemente en el suelo. Su cuerpo herido y sin fuerzas ya no estaba en condiciones de reaccionar de una forma decente.

—¡Le he dicho que no intentara ninguna de sus artimañas! —añadió el matón, deslumbrándole con la linterna y sin dejar de apuntarle con el arma—. Quiero que se tumbe boca abajo en el suelo y que se quede quietecito mientras que llega el señor Rainath. De lo contrario, la próxima bala no será de advertencia.

—Va a resultar que decías la verdad, Bertram. Parece que Niels Rainath nos va a dignar con su presencia —le comentó Jünaj expectante, aún sentado en su montículo de piedra.

—¿Lo ves? —le inquirió Bertram, levantando la mirada del suelo hacia él, justo en el momento en que presenciaba cómo el hombre disparaba la pistola y las balas alcanzaban a Jünaj.


   El ruido atronador del tiroteo ensordeció sus palabras y se quedó retumbando durante unos segundos en sus tímpanos. Le costaba vislumbrar cuál había sido el efecto de los proyectiles sobre Jünaj, ya que el quinqué se había caído y su luz se había extinguido. Cuando sus oídos se despejaron, comenzó a escuchar la respiración del hombre que había disparado, además de su creciente ritmo cardiaco.

—Sangre —comenzó a repetir mentalmente Bertram, al notar cómo el corazón del hombre bombeaba el plasma sanguíneo por todo su cuerpo, a pesar de estar a varios metros de distancia—. Necesito alimentarme.

—No puede ser... ¿Lo he hecho? —se cuestionó el sicario con cierta incredulidad—. ¿Me lo he cargado?


   Daba la impresión de que no quería iluminar la posición de Jünaj para no llevarse la decepción de haber fallado. Sin embargo, pensó que si por un casual había conseguido liquidar al prisionero de Kreuzungblut, recibiría un gran reconocimiento por parte de Niels Rainath. Decidió desviar la luz hacia el montículo de piedra, tras el cual vio la silueta erguida del vampiro. Inmediatamente, soltó la linterna para poder asir la pistola a dos manos, comenzando con una nueva sucesión de disparos. Debido a la adrenalina, el pistolero comenzó a gritar, como si de esa manera las balas tuvieran más potencia.




   Bertram no podía permitir que Jünaj muriera acribillado, por lo que decidió pasar a la acción. Quizás ésta sería la prueba definitiva para ganarse su confianza. Con cierta dificultad, logró levantarse de un salto, a la vez que se abalanzaba hacia el flanco derecho del tirador. Pero justo cuando estaba dándole alcance, un zumbido acompañado por un pequeño proyectil pasó rozándole e impactó en las manos del hombre. La pistola de éste salió despedida hacia arriba, para caer a sus pies junto a la linterna, acompañada de un goteo incesante de sangre.

   Como si de un enjambre de grandes insectos se tratase, el mismo número de guijarros que de disparos llegaron volando hacia donde estaban. Éstos tenían un movimiento ligeramente curvado, como si se les hubiera imprimido un efecto durante el lanzamiento, esquivando perfectamente a Bertram e impactando con precisión en distintos puntos del cuerpo del matón. Éste se mantuvo en pie por unos instantes, aunque comenzó a arquearse hacia atrás debido al dolor, para finalmente caer a plomo en el suelo. Aún así, seguía con vida, ya que las piedras sólo le habían producido hematomas y algunos cortes superficiales.

—Este es mi momento para beber sangre —pensó Bertram al observar cómo el preciado líquido rojo brotaba por las numerosas heridas y teñía de oscuro la ropa del hombre, ahora indefenso.


   Pero al inclinarse, notó cómo algo le desgarraba parte del muslo de su pierna derecha, perdiendo el equilibrio y cayendo hacia ese lado. Pudo reconocer la silueta de Niels Rainath, quien le había disparado para evitar que se alimentara de su sicario.

—Si quieres su sangre, tendrás que ganártela —le declaró en un tono soberbio, mientras avanzaba hacia él sin bajar el arma.


   Niels se detuvo a escasos metros de donde estaban Bertram y su esbirro, a los que contempló alumbrándoles con su linterna y soltando un resoplido.

—¿Piedras? Siempre serás un salvaje, ¿lo sabes? —le espetó Niels a Jünaj, girándose hacia él y apuntándole a la cara con la linterna.

—Es uno de tus hombres, ¿no? —le interpeló éste, algo molesto por la intensidad de la luz que cegaba sus ojos—. No debería tener ninguna complicación con lo que le he hecho, pero aún así, va a necesitar asistencia médica. Recógelo y marchaos por donde habéis venido.

—¿Y a ti qué se te ha perdido aquí? —le preguntó Niels sin intención de acceder a su sugerencia—. Estás un poco lejos del pueblucho en el que deberías permanecer, ¿no?.

—Debería ser yo quien hiciera esa pregunta —le respondió Jünaj de forma desafiante—. Teniendo libertad para estar en cualquier parte de este maldito mundo, ¿por qué has venido al único sitio donde puedo estar yo? ¿Acaso quieres que te vuelva a dejar el borde de la muerte definitiva?


   Tras expulsar un nuevo bufido, Niels adquirió una posición más tensa. Se sentía incómodo ante la presencia de Jünaj.

—Eso no es de tu incumbencia, escoria —le bufó Niels de malas maneras, levantando el brazo con el revolver dorado y apuntándole a modo de amenaza—. No creo que puedas detener las balas de este calibre, así que desiste de tu idea de atacarme y lárgate.

—Me preocupan más los rifles con los que me están apuntando tus otros dos hombres desde aquella linde —le respondió Jünaj, que se aún encontraba de pie junto a la gran roca en la que había permanecido sentado un rato antes.


   Nadie hacía amago de moverse, excepto el hombre que había recibido las pedradas, que despertó y comenzó a quejarse, a la vez que se retorcía de dolor. Bertram aún tenía el anhelo de saciar su sed de sangre, pero su raciocinio se lo impedía, al estar a merced de las balas de Niels Rainath.

—Como gesto de buena voluntad, te dejaré marchar sin recibir ningún solo proyectil —le ofreció Niels, bajando el arma y haciendo una señal para que sus sicarios hicieran lo mismo—. Tu sola presencia me repugna, porque me recuerda que ambos portamos la misma sangre en nuestras venas. Aunque tú nunca has sido digno de llevarla. Ni lo serás jamás.

—Antes de irme, me gustaría que me respondieras a una pregunta —le indicó Jünaj, adquiriendo una postura más relajada al no sentirse en el punto de mira de los rifles—. ¿Qué información necesitas obtener de Bertram Kastner?

—¡No, no me dejes solo con este monstruo! —le suplicó Bertram, al ver la intención de Jünaj de abandonarle a su suerte—. ¡Quiere que le revele dónde está Lothar von Schwaben!

—¡Cállate! No digas ni una palabra más hasta que no te lo ordene yo —le sentenció Niels clavándole la mirada y apuntándole con el revólver.


   Al contrario de lo que le había ocurrido en el sueño, su boca quedó sellada y su lengua inmóvil no le permitía pronunciar ni una sola sílaba más.

—Por lo que oigo, nuestro padre ha cambiado de nuevo su apellido —comentó Jünaj cruzándose de brazos—. ¿Por qué quieres averiguar su paradero? ¿Acaso ya no te da audiencia porque finalmente se ha dado cuenta de qué clase de insecto eres?

—Date por respondido con lo que ha dicho éste y lárgate si no quieres que descargue el cargador de mi pistola contigo —le advirtió Niels apuntándole de nuevo con su arma dorada.

—Está bien, pero no quiero que ninguno de tus jaleos afecte a estas tierras —le replicó Jünaj haciendo un ademán de marcharse—. Bertram, ha sido un placer conocerte. Ojalá podamos volver a vernos pronto. Hasta entonces, cuídate.


   Las palabras de Jünaj dejaron estupefacto a Bertram, que observaba cómo éste se perdía entre tanta oscuridad.

—¿Acaso se está riendo de mí? Si conoce a Niels, seguro que sabrá que difícilmente me va a dejar con vida. ¿Cómo que ojalá nos veamos pronto y que me cuide? —dijo para sí mismo Bertram, sin poder expresarle a Jünaj su descontento.


   Por su parte, Niels, que había seguido a Jünaj con la mirada para cerciorarse de que abandonaba la zona, rompió el silencio prudencial y volvió a centrarse en Bertram.

—Ahora que estamos tú y yo en confianza, ¿recuerdas que tenías una mujer y un hijo? —le declaró Niels, intentando coaccionarle—. No, no murieron en el incendio de vuestra casa. Pero de ti depende el que sigan con vida o no a partir de hoy.

—¡Malnacido! ¡Ellos no tienen nada que ver con esto! —gritó en su mente Bertram, que cada vez estaba más irritado por no poder darle réplica a viva voz.

—Es muy sencillo: si no me dices dónde está Lothar, ellos mueren. Si me mientes, también mueren. Si no me dice nada, adivínalo... ¡mueren! Pero si me das la respuesta que busco, seguirán con vida —le enumeró Niels, acompañando cada opción con un movimiento que alardeaba de la pistola que portaba—. Ah, lo olvidaba. También puedo matarte a ti y que tu cadáver me revele esa información sin oposición alguna.


   Cada vez más lleno de rabia, Bertram estrelló sus puños contra el suelo en señal de protesta, mientras le devolvía la mirada a Niels de un modo desafiante. De entre toda la hojarasca que tenía delante, se percató de la pistola ensangrentada del hombre que aún seguía dolorido a su lado.

—Es cierto, te había prohibido abrir el pico, Bertram Kastner —recordó Niels en un tono irónico—. A partir de ahora, puedes volver a hablar. Así que, dime. ¿Dónde se oculta Lothar von Schwaben?



Siguiente


Bertram se encuentra ante las disyuntivas de salvar a su familia y a sí mismo, revelando o no un secreto que afectaría a las altas esferas de la sociedad vampírica. ¿qué hará Bertram a continuación?
A) Negarse a responder a Niels
B) Responderle con una información falsa
C) Decirle con exactitud en qué estación se encontraba Lothar
D) Abalanzarse hacia la pistola y disparar a Niels

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Bertram Kastner (26) - Vulnerable

Esta es la continuación directa del capítulo Bertram Kastner - 25. Bertram había caído inconsciente al oír hablar de su investigación y su v...